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Feud: golpes bajos, locura y manipulación hollywodienses

Joan y Bette, Bette y Joan. Vaya dos bestias pardas de la interpretación, y vaya dos divas desequilibradas. Aunque quién no lo estaría después de haber sido la estrella que más brillaba y quedar relegada a un segundo plano por el simple hecho de envejecer. Porque sí, porque Feud no sólo habla de la archiconocida rivalidad de Joan Crawford y Bette Davis, sino de la invisibilidad que adquieren las mujeres a partir de cierta edad. Y, desgraciadamente, eso no ha mejorado con los años. Si no que se lo digan a Olivia Wilde, que a los 28 años era demasiado vieja para encarnar a la mujer de Leonardo DiCaprio en El Lobo de Wall Street, rozando él la cuarentena por aquel entonces.

 

Pero volvamos a Feud. Si por algo se caracteriza Ryan Murphy (American Crime Story, Glee) es por su lema “antes muerto que sencillo” que hace que algunas de sus obras rocen el absurdo, o que lo rebasen con holgura en más de una ocasión. La montaña rusa típica de sus series, con episodios brillantes y otros en caída libre, hacen que me enfrente siempre a sus series con una mezcla de ansia y miedo a la decepción. En el caso de Feud no sé cómo seguirá la temporada, pero el piloto aprueba con nota.

 

Susan Sarandon y Jessica Lange están enormes en los papeles de Davis y Crawford respectivamente. Tanto que a veces nos olvidamos de a quiénes están interpretando y sólo podemos verlas a ellas y a su grandeza. Dos mujeres -los personajes- devastados por la ausencia de papeles para mujeres maduras, por el ocaso, por la fuerza con la que llegan nuevas mujeres como Marilyn Monroe, con su juventud y sus curvas, dispuestas a comerse el mundo.

 

Jessica Lange y Susan Sarandon caracterizadas como Joan Crawford y Bette Davis en Feud

 

Joan Crawford, en un intento desesperado de volver a la gran pantalla, recorre una librería en busca de historias de mujeres, hasta que da con la novela Qué fue de baby Jane? Ve en ella la oportunidad perfecta y no duda en presentársela al director Robert Aldrich (Alfred Molina) quien a su vez anda en busca de un buen producto. Como Crawford no da puntada sin hilo, propone que Bette Davis, archienemiga reconocida, sea su partenaire, lo cual, como no, atrae la atención de todo el mundo.

 

La firma del contrato es sólo el inicio de la rivalidad entre dos enormes egos que luchan por ser la estrella indiscutible de la película. Para los que la hayan visto, sabrán que Crawford y Davis interpretan a dos hermanas que, como las actrices, se encuentran en el ocaso de su carrera. Davis es la peor parada de la historia y aparece como una mujer totalmente pasada de rosca que vuelca todo su odio en su hermana discapacitada, esa que años atrás le robara la fama de niña prodigio. Pues bien, la serie nos muestra que en la vida real ninguna de las dos estaba muy cuerda. Si bien es cierto que durante años habían interpretado los mejores papeles, en lo personal, bueno, en lo sentimental, no les había ido tan bien. Rupturas, matrimonios tardíos, y una soledad que, buscada o no, no debía de ser fácil de llevar en una época en la que la mujer era poco más que un florero.

 

Espero con ansia los siete episodios restantes, y ver como el odio y las trifulcas crecían a medida que avanzaba el rodaje. Mitos y cotilleos con diálogos brillantes llenos de puñales y cuatro actrices impresionantes -las intérpretes y las interpretadas- además de una larga lista de secundarios maravillosos como Alison Wright (The Americans), Kiernan Shipka (Mad Men) o Stanley Tucci (Urgencias) que estoy segura nos harán disfrutar al máximo de los ocho episodios que componen la temporada. Y sí, el tito Murphy ya lo tiene todo pensado, y la segunda entrega se basará en la relación y divorcio de Carlos y Lady Di. Vayan preparando las palomitas.

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